Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa, 

y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, 
llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, 
y amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas. 

Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno, 
que han vertido en ti cien pueblos de Buenos Aires a Madrid 
para que pintes de azul sus largas noches de invierno. 
A fuerza de desventuras, tu alma es profunda y oscura.