El boulevard estaba soleado, su blusa volaba con el viento caluroso, su cabello también, se revoloteaba como loco sobre su rostro. Ella sonreía como si el mundo estuviera a sus pies. No podía parar de mirarla, vibraba junto a cada fibra de mi cuerpo y me hacía estremecer, era linda. No no era solo linda, era dueña de una belleza que te acalambraba y te podía volver loco, quizás la confundías con un ángel, con el paraíso mas lindo sobre la tierra. Yo la seguía torpemente al costado, no podía parar de mirarla.
El olor a naranjo y a cigarrillo invadía el ambiente, no paraba de tomar pitadas del pucho. Lo fumaba con una gracia única, aquella de la que nadie era poseedora. Tenía una armonía, una sintonía que me hacia entrar en un éxtasis total cada vez que involuntariamente rozaba su suave mano. Su mano colapsaba con mi mano y yo no podía parar de pensar ni un segundo en cómo era posible que su piel fuera tan suave, ella continuaba consumiendo el tabaco y mirando al frente como si su mundo no fuese perturbado por nada en realidad. Parecía tenerlo todo bajo control, su remera se resbalaba en el hombro, y con un simple movimiento volvía a ponerlo en su lugar, los cabellos locos sucumbiéndose al son del viento le daban aún más un aspecto celestial.
Ojalá pudiese recordarla así todos los días, proclamándose diosa y musa del atardecer. Hoy yace en un mundo encapotado de nostalgia y tristeza, sucumbida ante los años y la juventud que dejó atrás. Con los dientes arruinados por el tabaco y el pelo tan marañoso que jamás volvió a volar. Era un ángel caído, era eterna, y eso es lo que sucede con las eternidades, jamás dejan de ser eternas, pero todo lo demás si.