I
 Me enamoré de una puta. Me enamoré de una puta y sé que no te parece nada tierno, pero no te escribo para que lo comprendas ni para que lo aceptes. Después de muchas noches en las que no me pudiste arrancar una sonrisa, después de algunas noches que eran demasiado tristes o demasiado largas, supe que todo había terminado. Normalmente un tío se da cuenta mucho antes de que una chica ya no le quiere, pero es que yo no soy un tío cualquiera, yo lo había dejado todo por ti. Y tú lo único que dejaste por mi fue de quererme. Quizás algo así nos tenía que pasar. Perdí los ojos azules a los diecisiete y aún no me recuperé. Puedes decírselo a tu hermana también, porque ella sabe, al menos mejor que tú, cuanto te quise. Podría jurar que nunca nadie había dicho esto a una mujer, y no porque me crea tan original de haberlo inventado yo, sino porque ninguna mujer se había hecho acreedora de una promesa tan fiel. Ni en el mejor de los casos. Normalmente con dos besos en la mejilla, algunos ya creen en el amor para toda la vida, y en verdad, ¡hay que joderse!, no hay nada que dure para toda la vida. Dime por favor, una sola cosa que no se rompa. Dime que sabes tú de la tristeza.

II
Sonaba Kathleen y tú sonreías mientras duraba el estribillo. Afuera llovía y yo también, por no dejar que se escaparan nuestros últimos instantes. Entramos a la estación de Metro después de las últimas gotas, y lloramos anticipando que ya nada importaba demasiado. Todo el mundo parecía sospechoso en nuestro vagón, pero es que a esas horas, no nos engañemos, todos somos sospechosos y culpables de algo. Los mendigos, lo son de lo que nunca tendrán, los músicos de lo que alguna vez soñaron, y tú y yo, tú y yo lo somos de todo lo que perdimos en tan poco tiempo. Entonces me preguntaste por el inventor del Metro, y yo sólo supe decirte que aún te quería.

 III
 Recuerdas como yo que el año noventa y cinco no tuvo verano. Alguien se ocupó minuciosamente de robarnos el calor y la tristeza. Fue un gran año se supone. Los extintores durmieron tranquilos, y los guardabosques pudieron follar en sus puestos de guardia porque el riesgo no se escondía allá afuera. El riesgo se respiraba en cualquier rincón de tu cuerpo, y yo sólo pensaba en arder como si tuviera por primera vez el valor suficiente. Quién nos iba a decir que ese mismo año morirían todos los músicos que valían la pena, y todos los recuerdos manchados de blues. Nadie nos lo iba a decir, es obvio, porque sino hubiésemos salido a quemar todos los bosques y todas las calles, a quemar todos los nombres y todas las manos, porque al fin y al cabo, los buenos músicos no vuelven a nacer y todo lo demás sí. Y porque nuestra vida necesitaba entonces de muchas bandas sonoras.

IV
La vida a veces no es lo que esperamos. La primera vez que lo pensé fue cuando te vi besándote con un capullo en la discoteca, un dealer de pacotilla, sin duda un tipo mucho más afortunado que yo pero mucho más gilipollas también. Supongo que aquella noche pensé en pegar un par de tiros, y sólo tenía que decidir como los iba a repartir. Uno para él y uno para ti me parecía demasiado equitativo. Dos a ti, ni se me pasaba por la cabeza. Uno a ti y uno a mi, me parecía estúpidamente romántico, pero muertos no podríamos ser muy felices o al menos eso creía. Y uno a él y otro para mí me parecía demasiado egocéntrico. No quería robarte tu parte de culpa. Bebí un poco para aclarar las ideas y ejecuté. Un tiro al cielo, y el otro al gato que cada noche se subía sobre el tejado a tararear canciones de los Strokes. Desde esa noche fui mucho más feliz. El gilipollas acabó en la cárcel, tú conmigo al menos durante algún tiempo, y la pistola en el último cajón. Es una pena que los gatos sólo tengan una vida, porque al fin y al cabo, los Strokes eran mucho mejor que el silencio.

V
El abismo entre tus labios y los míos era cada día mayor. Cada día, hasta que llegó un punto en el que no pudo crecer más. Éramos juguetes rotos. Fue bonito mientras duró, mientras las hormigas pudieron cantar sus canciones sin que nadie las pisara, fueron felices. Mientras tú y yo pudimos cantar Hey Jude sin que nadie nos viniera a joder también fuimos felices. Pero al final llegaron todos los finales, y es que no es tan fácil regatear los problemas, cuando vives buscándotelos. Recuerdas demasiados momentos alegres como para odiarme, pero no recuerdas los suficientes felices para seguir a mi lado. Estas cosas pasan, me solías decir cuando nuestros amigos dejaban de ser amigos, y nuestros padres se separaban. Luego nos separamos, y me dijiste estas cosas pasan, somos como todos, y no pude estar más de acuerdo. Caímos del cielo al suelo en sólo un segundo, pero de tanto ver los golpes en los demás aprendimos a que no doliera. Y ahora somos amigos, sólo que ya no nos vemos, y nunca me llamas.

VI
Cuando éramos pequeños y jugábamos en el parque, la vida no era más complicada que un balón. Algo que bota y bota, y un día se pincha. Bien, para ti no era mucho más complicada que una muñeca, que se cae, se cae y se cae, y al final se rompe. A veces llovía en el parque, y yo pensaba que era porque Dios estaba triste y lloraba. Tú me contabas no-se-qué del mar, el calor, las nubes y las montañas, y yo me reía. Ahora, sin embargo, creo mucho más en la tristeza y mucho menos en Dios. O me estoy volviendo viejo, o toda la culpa es tuya. mataste a mi Dios. ¿Y ahora en que puedo creer? ¿En quien puedo confiar? ¿Quién subirá conmigo en los ascensores para que no me muera? Creo que desde siempre la lluvia fue hermosa, pero una muy mala idea.

VII
Dormimos en todas las calles de la ciudad, en todos los bares y en todas las plazas. No nos quedaba nada por romper o estrenar. Si hubiésemos podido volver a algún lugar, hubiésemos vuelto a todos. A todos. Los amigos eran la mejor orquesta para aquellas noches en que lo más importante era huir de nuestros propios miedos. En que lo más hermoso era escapar de cualquier cosa, pero hacerlo juntos. Que para eso están las películas, para que nadie se tenga que quedar solo al final. ¿Cuando has visto tú que uno de los buenos se muera? Una sola vez. Por eso descubrimos que lo nuestro no podría llegar a la gran pantalla. Porque estuvimos tan muertos que no valía la pena pensar en los próximos amaneceres, ni en las mañanas siguientes. Al menos tenemos el consuelo de que aún nos quedan amigos, aunque ahora nos tengamos que dejar alcanzar.

VIII
La montaña rusa era sólo una mentira más, una de tantas. No la construí yo para ti. Ya estaba de antes. Pero me hacía tanta ilusión por aquél entonces hacerte feliz, que te hubiera dicho cualquier cosa. Es más, hubiera hecho cualquier cosa. Cualquier estupidez. Piensa la estupidez más grande. ¿La tienes? La hubiera hecho, lo juro. Me hacía tanta ilusión que fueras feliz, que quién era yo para decirte que todo lo bueno se termina. Las flores se mueren, por muy hermosas que lleguen a ser, los genios ¡los genios también se mueren! Como no íbamos a morirnos nosotros también. Pero joder, yo te quería, y lo que nunca te dije es que yo sí construí los colores, solo porque tu vida fuera un poco mejor. Supongo que sólo te pido, que aunque te olvides de mí, no los olvides a ellos, porque son los más inocentes de todo lo que nos ha sucedido. Ellos y los gatos, pero claro, ahora ya sabes que yo mato gatos, o sea que no te pediré que tú tampoco lo hagas.

 X
El amor es un numero par. En alguno momento me olvidé de eso, y seguramente fue la peor flaqueza que pude cometer.

 XI
I love you when you need me. Y todas las camareras se quedaron calladas porque no estaban acostumbradas a tanta sinceridad. Supongo que ni las más viejas del lugar. ¿Lo recuerdas? Yo te contaba que para que las cosas sucedieran, no hacía falta que fueran reales, sino creer muy fuerte en ellas, y que sólo con eso, ya eran. De ahí derivaron muchas conversaciones sobre las cosas que existían y las que no, pero lo más importante pasó a ser el creer en las cosas. Y durante muchos meses nos creímos. Nos creímos a nosotros y a nuestras historias, a nuestras palabras, nos creímos nuestras canciones y nuestros despistes. Nos creímos los reyes del mundo, y podíamos jurar que no había nadie más feliz en todo el planeta. Bien, tal vez algún que otro abogado forrado, y algún que otro artista pedante. Pero estabamos en la cima, y veíamos a todos los demás muy lejos. Tan lejos y tan pequeños. El problema fue que un día te despertaste y no me creíste más. Ni me quisiste más, ni me rozaste más. El problema, es que después de un día bueno, siempre vienen muchos peores. 

XII
Las calles de Madrid huelen a ti. Al menos de tres a cinco de la madrugada. No te lo tomes como un halago, sino como una virtud. No todo el mundo puede oler al peor lugar en el mundo para olvidar. De hecho, si me concentro mucho, os puedo ver a los dos. A ti, y a Madrid, o a ti en Madrid, paseando orgullosas la sonrisa de quien sabe que no va a fracasar. La sonrisa de la victoria. Alguna vez tuve mucha curiosidad por saber cómo se podía sentir alguien capaz de sonreír de ese modo, pero ni siquiera lo intenté. Eras guapa, pero chicas guapas hay muchas, y la verdadera clave está en saber sonreír. Eso es lo que marca la diferencia. Malditos los días en que sonreímos más de la cuenta, porque fue tiempo en que no nos besamos. Aunque ahora da igual, porque tengo un amigo que tiene un amigo que asegura que Madrid ya no existe, y del mismo modo, para consolarme un poco, -pero no te engaño, sólo un poco-, a veces pienso que tú ya no existes. Pero luego te veo por la calle de la mano de todos los hombres que no son yo, y maldigo todas las manos y todas las sonrisas. Te veo y maldigo Madrid porque es como tú, una mentira hermosa.

XIII
Brindamos por todas las historias que nunca fueron, y por todas las que vendrían después. Era tu cumpleaños y en la tarta había veinticinco soldaditos de cera. A mi la cera sólo me gustaba después de arder, cuando desprende ese olor tan feliz. Me recuerda a los clowns del parque y me hace sonreír. Bien, abriste todos los regalos menos el mío, y besaste todas las mejillas excepto las mías. Yo aún te querría lo que me queda de vida, y cuatro o cinco más. Luego de ver, ya sí, todos los regalos, alzamos las copas otra vez, y brindamos en esta ocasión, porque después del olvido, no llegase nada peor. Nos besamos, y me olvidaste. Supongo que por eso ya nunca celebro los cumpleaños, ni siquiera los menos importantes. 

XIV
Yo antes de conocerte a ti tenía una bicicleta llamada Charlotte. Antes de ponerle ese nombre sopesé muchos otros estúpidos como Trueno o Viento, pero al final pensé que siendo una bicicleta podría tener la decencia de ponerle un nombre bonito, y no el de un sueño de infancia. -¿Porque no me compraría esa bicicleta antes de aprender a pensar tan complicado? Como te decía, tuve una bicicleta llamada Charlotte, en honor a Charlotte Gainsbourg, no sé si por sus ojos o por sus tetas, pero tampoco es cuestión de entrar en detalles. Con ella fui feliz. Era una época en la que aún no hacía falta besar a todas las chicas que conocía, ni bailar como un loco en la discoteca para que alguien se fijase en mí. Era una época placentera. De hecho, fue una época dorada. Recorrí por primera vez todas las calles de la ciudad que luego hicimos nuestras. Estuve en todos los parques, en todas las sombras. Aprendí a reconocer el punto exacto en el momento preciso. Y luego te conocí a ti. Supongo que abandoné un poco a Charlotte, por repetir contigo todos mis pasos. Y bien, ahora que vuelvo a estar solo, que vuelvo a ser yo, la fui a buscar donde la dejé después de nuestra última cita y ya no estaba. Lecciones que da la vida: Nunca dejes una bicicleta por una mujer, porque aunque te abandonen las dos, al menos una lo hace en silencio.

 XV
¿Recuerdas cuando dejamos de soñar? No lo recuerdas, porque no ha ocurrido, pero estamos algo peor. Ya no nos contamos los sueños, y eso es un caso entre dramático y patético. Estamos perdiendo nuestras vidas a marchas forzadas, sólo por tratar de evitarlo. Yo creo que en verdad no hay mucho que hacer. Nuestra vida tiene una grieta. Y ahora podría desarrollar una de esas increíbles teorías de cuando una bola de nieve, crece y crece, y al final, tú eres una bola, y eres nieve, y me aplastas y seguramente terminas por matarme. -¿Ves? Terminas matándome. Precisamente por eso no quería contar la teoría. Lo que menos necesito ahora es escuchar la palabra nieve. Aunque siendo diciembre, y estando enamorado de la mujer que da el parte meteorológico en el canal francés, seguramente tendré un problema muy grande, ya sabes..de esos que caen rodando por la ladera de una montaña y terminan aplastando al primero que pasa.  

XVI
Busqué lo que quedaba de mí en la habitación del hotel, y luego te vi en esa cama de matrimonio con forma de corazón. Parecías un ángel, pero a los dieciséis yo ya había aprendido que no existen, o sea que parecías algo que no existía. No fui capaz de recordar nada, ni siquiera cómo habías llegado allí. Bajé a desayunar. Traté de recordar la noche pasada y sólo recordaba la acera mojada. Regresé a la habitación y tú ya no estabas. En lugar de tu cuerpo encontré un número de teléfono y un nombre. Lucía. Luego recordé que el camarero me dijo que todas las putas de la ciudad se llaman Lucía, pero sigo sin entender el desastre de la habitación ni tu pinta de ángel aquella mañana. Me gustan los hoteles con desayuno continental.

 XVII
Aquellas noches de invierno te escondías como las gotas de lluvia, y no me mirabas a los ojos. Detrás del espejo había muchas más noches iguales, pero a ver quien tenía cojones de romper el espejo. Es fácil recordar cuando las cosas aún no eran de este modo, pero no sirve de nada. Te resultaba difícil decir lo que sentías, y sentir lo que decías. Arrepentirte de los noviembres soleados, y los eneros con exceso de equipaje. Pensar en nosotros, y en los nosotros-que-quedaron-en-otros-países. Miraste las fotografías, y nos reconociste en cuerpos ajenos. Ajenos y extraños. Pensaste que tu vida era peor que cualquier escalera mecánica, sin pensar que la mía era peor que cualquier estación de autobuses llena de despedidas. En verdad, de aquellas noches de invierno sólo recuerdo las gaviotas llorando, y las canciones que escuchábamos al volver a casa antes de morirnos de frío. Y no sé si eso es malo o es peor.

XVIII
Teníamos una vida inciertamente cierta, que era vida, pero era deseo y yo estaba contigo. Ahora no celebro ni siquiera el cambio de estaciones, porque no cambia nada. Ahora mi vida sintigo. En verdad lo que más detesto no son los adjetivos, son los momentos que no van a volver. O sea, lo que detesto es que no vayan a volver, ahora que me despierto cada día abrazado a tu recuerdo y te quiero tanto como antes o más. Y te quiero tanto como antes o más, pero no soy mejor persona. Ni soy mejor amante, ni soy mejor en nada. Tal vez, porque sigo siendo el mismo, te sigo queriendo. Cumplíamos años cada día y te regalaba flores. Mentíamos en las esquinas, pero nos queríamos de verdad. ¿Y ahora? Ahora palabras tristes y sobres cerrados. Ahora empezar de nuevo para otros labios..

XX
Aquel verano todas las canciones sonaron tristes. Nos sentíamos invadidos y acobardados. Hubiésemos dado todas las promesas que nos quedaban sin romper a cambio de una sonrisa, o a cambio de una oportunidad. Pero los golpes de suerte ya por aquel entonces no frecuentaban nuestra calle. Ni nuestras vidas. Nos sentábamos cerca de aquellos lugares donde alguna vez fuimos niños. Niños que jugaron. Pensamos en huidas hacia adelante, en escapadas, en mentiras. Pensamos en nuevos nombres, nuevos rostros, y otras bandas sonoras. Pero no nos íbamos a librar de nuestro pasado, pintando sobre la misma pared. Nos dimos cuenta de que no queríamos ser balas perdidas. No queríamos vivir de fogueo, ni engañándonos tan fácilmente. Queríamos una vida que doliera de verdad. Hubo que asumir, y asumimos, que no siempre hay vencedores y vencidos, ni dos caras solamente en una moneda. Hubo que aprender a vivir, aún cuando esas canciones, nos decían que no.

XXI
El encanto de las chicas con los ojos mudos es que no necesitan más. Y que con ellas, todos los amores son negligentes. Se supone que no te pueden decir nada, porque no te pueden ni siquiera llegar a odiar, y estás a salvo incluso de sus propias venas. Pero tan de repente, viniste a mí, que odié los trenes por un segundo, y quise saltar al vacío, sabiendo que no lo iba a lograr. Porque el vacío estaba por dentro. Porque los que saltan son los que tienen valor y desayunan con frío. Esos son los que saltan. No gente como yo, que se tienta de cruzar las vías de espaldas sólo por tratar de retroceder, o que intenta descoser las palabras para creer que se vuelve a empezar. La vida no es ese estribillo que me cantabas. La vida es un vuelo con valor. El resto es lo que perdimos y no supimos querer en serio. Lo que no tuvimos en las manos, porque nos temblaron y cayó, porque temblamos y caímos, y porque temblarías y caeré. La vida es el cuento que me susurraste y la mano que me pusiste en los ojos para decirme que no. Es así a día de ayer y otros colores. Porque en el super tenían galletas, princesas y olores, pero no tenían valor. Y así me va..que aún me tiemblan las manos sólo con pensar tu nombre..

XXII
Nos mirábamos a los ojos, como quien busca un cómplice para atracar un banco, y no hallábamos la respuesta deseada. A veces parecíamos acercarnos, como dos gatos en celo que solo buscan saciar un instinto animal, sin ninguna otra aspiración, sin ningún remordimiento. Pero tanto exceso terminaba por hacernos mal. Los horarios se convirtieron en el peor aliado a una vida digna. Una vida exenta de heroicidades y dependencias. Algo así como tratar de vivir de espaldas a la realidad, sabiendo exactamente donde colocar las manos, sabiendo como mover los labios. Era una estupidez. No íbamos a recuperar el momento. Nada iba a cambiar sólo porque nosotros lo hubiésemos decidido. Pero la tentación de creer que teníamos el control sobre algo, que podíamos elegir nos hacía sentir bien. Confundimos el placer con la ignorancia sólo por arrebatarnos algo, y así fue como quedamos huérfanos de XXXX con todas las cicatrices que eso conlleva.

XIII
Nuestro hijo iba a llamarse Invierno. Iba a ser un chico tímido y feliz, de esos que escriben poemas a su primera novia en un pedazo de cartón, y de los que prefieren ir al lago que al parque de atracciones. Iba a llamarse Invierno y a ser muy valiente, iba a tener tus ojos y mis manos, tus labios y mis dedos, y tu nariz. Iba a ser nuestro cielo y nuestra tierra. A aprender a mentir a los veinticinco, porque antes es mejor decir la verdad. Iba a ser bajito y alegre, algo así como de metro sesenta de corazón. Íbamos a ser muy felices, y a viajar por Europa, por África, y por todos aquellos lugares donde alguien necesitara un poema, una foto, o un abrazo. Invierno iba a ser muchas cosas, y de él sólo nos quedó el frío.

XXV
 A veces tenía corazonadas, que luego se escapaban de mis manos como yo escapaba de mi pasado. Los domingos siempre llovía. No recuerdo la sensación de poder salir de casa sabiendo que no iba a volver calado hasta los huesos. No recuerdo la sensación de estar a salvo de algo. Tal vez ni siquiera aprendí a estar a salvo de ti.

XXVI
Algún día me verás de otro modo. Te girarás y dirás que no me quisiste, y yo pensaré que el mundo a veces es injusto e ingrato. Pensarás que el azul es sólo un color mediocre, uno de tantos, y que, al fin y al cabo, si pudieras elegir, nunca elegirías un color, sino poder volar. Luego mirarás lo que te queda entre las manos. Las cicatrices. Los calendarios. Los acuses de recibo de tantas cosas que nunca llegaron, y las canciones que hablaban de alguien llamado tú-y-yo. Tal vez sonreirás y pensarás que no fui tan cruel, y que cuando te miraba a los ojos decía la verdad. O en el peor de los casos descubrirás que nunca aprendí a mentir y que era cierto. Que te quería y me dolías algunas veces. Que te quise bailar en cada rincón del planeta. En cada palabra vestida de julio. En cada orilla de la ciudad. Que a pesar de todo, si yo hubiera podido elegir, te hubiera elegido para todo. Pero nos pasamos la vida queriendo poder elegir, y no es tan fácil. Nunca es tan fácil. 

XXVII
Fue la última vez que me miraste así, con el brillo en los ojos de los que no volverán. Lo-recuerdo-más-que-bien. Era el metro, diciembre, mañana, azul y el día antes de llenarte las manos de flores. Nos sentíamos tremendamente culpables. (...) Llovías. Lo podría jurar. Me dijiste que a veces las cosas no son lo que parecen, y que otras veces tampoco..y sólo con eso borraste la mitad de mi vida. Me quedé sin nada en cuestión de minutos y no hubo posibilidad de frenarlo. Ojalá se pudiese detener el tiempo. Pero era una cuestión ajena al problema. Decías, perdón, que tenías que olvidarme y que todo sería más fácil para todos. Que un día giraría la cabeza para ver lo que dejé detrás, y tú no estarías. La gimnasia del olvido. Si practicas como olvidar, olvidas mejor. Y una puta mierda. Ese es un deporte de fracasados y cobardes. Aprender a olvidar, es como aprender a morir, y nosotros no deberíamos. Créeme.

 XXVIII
 ..me gustaría saber a cuanto lates cuando me miras así..

 XXIX
 Llegó un momento en que diciembre resbaló por nuestras manos, y pensamos que siempre hubo un tiempo mejor. Sentimos como los años se alejaban de nosotros, y nos dejaban inertes. Sentimos el abrazo de una sola vez. Dejamos de escondernos, porque los fugitivos eran otros. Porque los asesinos eran otros, distintos a los otros. Era la inocencia interrumpida de los que nada han aprendido. Porque poco podíamos haber aprendido de una vida que se nos presentó como ajena. En que todo era lejano, y lo que no era lejano era mentira. Nos sentíamos viles y olvidados. Buscábamos culpables. A menudo me decías -¿porque ésto, nosotros, aquí, ahora? Y yo que no sabía las respuestas, ni en verdad, creía que existiesen, tenía que escudarme parafraseando canciones. Todo era una canción, pero nosotros, desde mucho antes de empezar, habíamos elegido el camino equivocado. Nadie iba a recordar que las estrellas de rock, a veces no cuentan la verdad. Sólo las letras, y el tarareo triunfal del nobody wants to be lonely.

XXX
Te acostumbraste pronto a perder y así fue como siempre todo escapó entre tus dedos. No aprendiste a retener ni a amarrar. No aprendiste a conservar la renta. Primero pensaste que eran casualidades, y asumías. Luego pensaste que eran causalidades, y asumías. Asumiste demasiado joven, que ganar no depende de uno mismo, y que perder en cambio, se llevaba dentro. Perdiste las ganas de jugar, y de arriesgar, porque sólo conociste la derrota. Y ahora te ofrecen una nueva partida, nuevas cartas, y nuevas reglas, y tú solo piensas en perder...mientras por dentro sonríes y piensas que tal vez esta sea la buena sin mí. (rescatado de algun lugar)

 XXXI
Un chico era feliz porque había soñado que estaba en Ibiza la pasada noche. Yo era feliz más o menos porque había soñado que iba agarrado a tu cintura montando en bicicleta, y que mis problemas no eran míos sino del resto del mundo. Entonces comprendí que detrás de todas las puertas hay algo de verdad y algo de mentira. Porque en los sueños aún te puedo abrazar y no te vas. Y no me dejas solo. Pero incluso en los sueños te miro y me sonríes con tus ojos de -Las chicas somos muy malas-, y luego silbas.

 XXXII
Supe que llegaría un momento en el que tendría que olvidarte y no sabría cuánto. Y en el que debería dejarnos aparte y no sabría cómo. Ese día ha llegado. Un día te pedí que no me necesitaras si luego no ibas a estar, y ese día también ha llegado. Sé que vendrán otras primaveras y que aún te echaré de menos, pero hay que aprender a vivir con todas las muecas del destino. Lo peor de las últimas veces es que, en verdad, nunca sabremos si va a haber una próxima, y siempre nos estamos yendo. Si la vida fue perfecta en algún momento y en algún lugar fue contigo. Y un día decidir el silencio Bien, terminaré con esto del mismo modo en que tú lo hubieras hecho: sin arrepentirme de nada. Cerraré los ojos y tu nombre será todos mis recuerdos, pero querré tener otros. Querré construir nuevos puentes, y escribir nuevas líneas. Soplaré, porque una vez me dijiste que soplar significa que algo aún se mueve, y que en algún rincón del mundo alguien se está besando. Tus ojos serán otra vez el camino, pero los hallaré en otros cuerpos, y en otras ciudades. Todo se irá, o huirá corriendo delante de ti y mi anorak seguirá en el suelo. Porque alguna vez fuimos tan felices, y porque la tristeza es puta y se invita a todas las fiestas, escribo nuestros recuerdos y sé que no los verás. Porque la tristeza es la más puta de las putas y yo me enamoré de ella, te pido perdón. Porque lo que queda después del amor son cenizas de lo que fuimos, y porque otros caminarán nuestras calles en nuestros nombres quiero decirte que aún te pienso.

1 Comment:

Alicia García Manzano said...

Hola :) te leía hace tiempo (Strange saturdayx,ya ni te acordarás xD) pero me cambié de blog, aún así veo que sigues igual de genial :) Pásate si quieres y tienes un rato (http://callejones-sin-salida.blogspot.com/) Sigue así ^^