Estaba cerca del cielo, pero también del infierno, como si conocer lo que siento fuese tan peligroso, que prefiero negarlo. El me tenía en sus brazos, me sujetaba suavemente como si fuese una liviana pluma, en sus brazos, al borde del precipicio. No sentí miedo. Sentí seguridad. Mucha. En ese momento comprendí, que realmente confiaba en el, en que no me arrojaría al precipicio, supongo de que eso se tratan los amigos, de atajarte cada vez que te arrojas de espalda, sin dejarte caer. Pero el, ya me arrojo una vez por el precipicio, me soltó una vez. ¿Por qué no lo haría otra? Y yo, volví a confiar en él, a quererlo nuevamente o incluso más que antes. Es que jamás deje de quererlo.
El mundo continuo girando, mientras mi corazón se detenía.

1 Comment:

mili said...

me encanta esto :') muy muy lindo