Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

~ J. L. Borges.

« Por alguna extraña razón, la primera y la última línea de un texto son las más importantes. Una frase contundente al inicio de un escrito puede hacer continuar al lector, intrigado, o por otra parte puede hacer que se deshaga del mismo ipso facto; una buena oración para concluir un texto hará que el lector recuerde lo leído el resto de su vida, algo terrible para cerrar y todo lo que pudiera habérsele quedado se irá, justo como la nieve al deshielo.



« Los primeros pensamientos lúcidos cada mañana son iguales. Determinan nuestro día, un capítulo de nuestra vida. Pero a veces van más allá ».
 
Llovía. Llovía siempre. En esa ciudad de cielo gris con perpetua lluvia habitaban cuerpos, pero no almas; deambulando como si cargaran sus penas y su pasado como un peso mas sobre la espalda. Por aquellas calles angostas caminaban, por esa ciudad gris que denotaba memorias de tristes pasados. Las veredas eran empinadas y lugubres, todo parecia extraido de un cuadro tetrico de alguna vieja pelicula. Las nubes tocaban las altas y viejas construcciones, tambien revestidos en un tono grisaseo que no permitia ver el final del edificio ya que las nubes formaban una densa capa que daba el aspecto que el cielo se habia reducido. En la colina más alta, junto a un alto árbol marchito, se erguía un castillo. Era una casa como cualquier otra: gris y lúgubre, con rastros chorreantes de óxido debido a la perenne lluvia que cadenciosamente y completamente vertical, sin viento, bañaba aquel pueblo. La única diferencia era la vista. Una excepcional vista… al valle sombrío y sin vida.
Era raro vivir en una ciudad donde jamas nadie habia sido feliz. Era raro vivir en un lugar que lo iba matando poco a poco de tristesa. Los dias se asemejaban unos con los otros, las monotonas tardes y las melancolicas noches. Pero nada mas. Jamas se le habia cruzado por la cabeza, la simple idea de... la felicidad. Tan misteriosa, tan inalcanzable.